Al otro lado del puente

La cocina donde crecí siempre estaba fría, hiciese el tiempo que hiciese. No había corrientes de aire que explicaran la baja temperatura, pero ni el fuego en el que se cocinaba era capaz de espantar el frío que allí reinaba. Me gustaba ese lugar.

Me recuerdo muy pequeña, sentada en un taburete de madera, viendo a mi madre cocinar y moverse de un lado para otro a la par que cantaba alguna que otra copla. Recuerdo los cristales empañados cuando había guiso de cordero y ayudarla a pelar patatas y tomates cuando teníamos visita y ella no daba abasto.

Recuerdo la gruesa manta de lana con la que me envolvía en invierno para que no cogiera frío. Ojalá hubiesen existido los móviles por aquel entonces, siempre me han dicho que tenía un aspecto gracioso, enrollada en la manta y sentada en el taburete.

Tengo muchos recuerdos de aquellos tiempos, peor no ha sido hasta este mismo instante en el que me he acordado del cuadro que había encima del calendario.

En él, unas extrañas embarcaciones flotaban en unas aguas tranquilas, verdosas. Parecían vainas de judías, negras como grillos, y se deslizaban impulsadas por hombres que enarbolaban largas pértigas en la parte posterior de la barca.. ¡Pero lo mejor es que navegaban por calles de agua! ¿Qué clase de imaginación prodigiosa había dado a luz a aquella ciudad flotante de maravilla? ¿Qué personaje estrafalario pintaría semejante locura?

Los edificios, como pequeños acantilados, se erguían muy juntos los unos de los otros, pero separados por aquellos canales. De vez en cuando, y como si fuese lo más normal del mundo, una barca emergía entre ellos, abriéndose paso entre las aguas. Otras tantas barcas-vaina estaban amarradas a unos bonitos postes que asomaban en la superficie. Cada edificio era como un pequeño palacio, con elegantes arcos y balcones adornados con leones de gesto fiero.

A lo lejos, un gran puente blanco se arqueaba elegantemente sobre el agua. En la parte superior, diminutas personitas se asomaban por unas ventanas desde las que saludaban a los curiosos navegantes. Para mí, el arco del puente era el fin del cuadro. A través de él, el paisaje se fundía con una nada difusa que en mi mente de niña podía ser cualquier cosa. Cualquiera.

Me imaginaba a mí misma, a bordo de una de esas divertidas barcas com forma de vaina, dejando que el agua acariciase mis dedos, atravesando el arco y viendo El Otro Lado. Toda mi imaginación cabía tras ese puente blanco. Todos mis sueños infantiles se ocultaban tras él. Todas las canciones y todos los cuentos me esperaban al final de aquella ciudad inundada.

Y aún con esa fascinación que me producía, nunca dije lo que pensaba en voz alta. Al fin y al cabo, no dejaba de ser una de esas baratijas que pintan en serie sin otro propósito que el de llenar un hueco en la pared.

Conforme crecía, me fui olvidando del cuadro. No eran tiempos de sueños y fantasía. No era un mundo de magia y maravilla. Había que trabajar duro en la huerta para poder comer. Los ratos libres los pasaba estudiando para poder acceder a la escuela.

Crecí. Maduré. pasaron los años, muchos años. Formé mi propia familia, con mi propia casa, mi propia cocina, mis propios cuadros. Me olvidé de la ciudad flotante y de los secretos que escondía. No me he acordado del cuadro hasta este mismo instante, en el que piso por primera vez en mucho tiempo suelo extranjero. Toda la familia nos ha regalado un viaje por las bodas de oro. Se me corta la respiración al asomarme al Gran Canal, que refleja una ciudad flotante de fantasía, ideada por un genio o un loco. Veo las negras vainas surcando el agua de Venecia, apenas me creo estar montada en una. El agua salada acaricia mis dedos mientras me deslizo más allá del Puente Rialto, y tras él...


Basado en abuelas reales.
Foto por Samu Valero

Full Drawers by Sofia

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